EDUARDO NEWARK

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CRÍTICAS

 

(…) La historia del arte nos demuestra que, antes de la existencia de los teléfonos celulares con cámara fotográfica, las personas desearon dejar su rostro plasmado en monedas, telas o relieves. Una de las mayores obras de la pintura, Las Meninas (1656) de Velázquez, es, si se quiere, una especie de gran selfie, ya que, al retratarse en la tela, su autor logra que todo aquel que se pare delante del cuadro se sienta inhibido ante la mirada atenta del pintor que con pincel en mano parece dispuesto a retratarnos en su bastidor. (…). Por lo visto, el narcisismo no es una prerrogativa de los humanos de hoy, sino que es tan antiguo como el mito griego que le dio nombre. Hoy no es exclusivo de reyes o nobles, sino que con la tecnología digital ha alcanzado el rango de lo popular.

En Selfie I, una gran diagonal lleva la mirada del espectador desde la izquierda, donde coloca en escorzo la mano del personaje con el celular, la hace pasar por el plano medio del torso−cabeza hasta llegar al ángulo derecho, donde aparece una pantallita de celular en la que ha quedado plasmado el rostro de esta selfie; sin embargo, en lugar de reproducir al personaje como en un espejo, aparece la cabeza cortada a la altura de la frente dejando ver un hueco interior vacío. Esa pequeña imagen pone en jaque la secuencia representada e introduce un interrogante que necesariamente debemos responder: ¿qué hay detrás de la apariencia de un lindo rostro? (…) Desde 1659 Velázquez interpela al espectador que se para delante de él, mientras que el personaje de la selfie quedó puesto al desnudo por su autor, Eduardo Newark, quien denuncia ese vacío cerebral.

 

Velázquez es moderno en tanto mira e interroga a quien se atreva a mirarlo, y Newark es también un crítico de la cultura de los medios que demuele con humor los sinsentidos de nuestra sociedad contemporánea.
Cada sociedad y cada época construye sus referentes, por lo que, para pertenecer a una cultura, es necesario conocer sus códigos, sus signos. Términos como selfie, Twitter, WhatsApp, Facebook, Instagram forman parte de un fenómeno semántico mundial.

 

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Eduardo Newark, en tanto psiquiatra, fotógrafo, cineasta, dibujante y pintor, no puede permanecer indiferente, ya que su hacer es, ante todo, el de un agudo y crítico observador que diseña en sus obras el absurdo de las relaciones que entablan las personas con sus pares y con las cosas. Su lenguaje es visual y su pasión es inmiscuirse en las formas en las que socialmente la gente se muestra para descubrir los guiños y las pautas que rigen y se normativizan con una cuota de ironía. Sus flechazos cargados de humor apuntan a las convenciones sociales, los estereotipos y la frivolidad de las apariencias.

 

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El arte, para Newark, debe expresar su mensaje directamente, sin vueltas. Sin embargo, su arte vehiculiza y expone su particular concepción de la naturaleza humana a partir de un lícito engaño que recuerda al maestro Freud: en algunas de susobras, algún pequeño detalle −generalmente en clave humorística−, vuelve extraña, equivoca la superficie semántica y, para quien sepa leerlo, funciona como índice de una nueva lectura que descorre la cortina de lo habitual, el velo del horror.

 

Newark, como artista multifacético, artista visual en permanente transformación y crecimiento, sigue con atención los signos de su tiempo para continuar señalándonos lo que no siempre se quiere ver. Su versatilidad y creatividad artística no expresa más que su búsqueda incansable por señalar, ahí donde es necesario, que el futuro es apertura y posibilidad, siempre y cuando seamos capaces de cuidar el presente y de, simplemente, animarnos a ser.

 


Eduardo Newark: una pesquisa de las apariencias por Claudia Hartfiel y Adriana Laurenzi

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